lunes, 22 de junio de 2020

Umbrales

Debe haber infinitas formas de llegar arriba dirigiéndose abajo, muchas maneras de habitar el centro perdiéndose en las periferias, insólitos y misteriosos modos de ser único e intransferible al mismo tiempo que igual al otro.

Y un buen día le perdimos para siempre el respeto a la monserga aquella que nos vende el canorte de que la vida era eso, el auto de alta gama y la mujer hermosa que hiciste tu esposa para algunos años después verla de lejos como la pálida competencia de tu amante presta, palpitante y culona; y los hijos, esos remotos bebés apacibles convertidos en cabrones arrogantes que amas con todo tu corazón. No quiero ser descortés, pero no, gracias, de verdad, no.

La mañana pura en que descubres que así pues era todo esto, así nomás, la humanidad tristes despojos rutinarios que se afanan en sacudir el polvo de sus muebles y mueren sin saber que era su piel del día anterior (por lo menos), quizá redimidos por medio siglo de escuchar en la radio “Sarisfaction” o tal vez algo más explícito (hay gente que no entiende) como "You Can't Get Always What You Want", y puede que empiece a hacerse entendible tanta estrella opaca apagada por mano propia cerca a los 27 (o puede que sin intención, con las sobredosis nunca se sabe, el microcálculo de los gramos puede que tenga que ver más con las paradojas eleáticas que con las finales de cien metros planos, aunque planos las huevas, con el perdón de Galileo) o que la acojonante mujer que se tiraba al presidente más guapo de su tiempo (eso decía mi madre, pero convengamos en que solo exageraba) dijera adiós sumida lentamente en una dulce y pesada muerte somnífera.

Y bueno, uno se pasa la vida entrando y saliendo de muchos lugares, sin importar que sea la habitación donde te aburre la vida, la oficina del cabrón de tu jefe, el cuarto de la mejor puta de Las Cucardas, el hospital, la cárcel o el manicomio. Sin embargo, el verdadero negocio es entender que no hay entradas ni salidas, solo umbrales, y que debes dejar algo de ti atrás a cambio de tomar algo de lo que venga. Lo demás son vanos ejercicios para entretener a la muerte.

Convengamos entonces en que fuimos y venimos, nos encontramos y nos separamos, y que cada uno hizo su vida apartado del otro confiado en la existencia de eso que llaman simultaneidad, aunque tal cosa no haya sido demostrada, excepto en la literatura y algunas buenas películas de Hollywood.

Y sí, a qué negarlo, caímos y levantamos, a veces más lo primero que lo segundo, y nos hallamos otra vez en el camino, con algunas lesiones fugaces y heridas permanentes, por ahí una que otra muerte pasajera de las que volvimos con una buena historia para animar unas cervezas en algún lugar de La Punta, el límite último de la costa, donde la tierra penetra al mar y sus misterios mientras tu leyenda perdura junto con esta nostalgia de prontas mañanas por venir que no termina.


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