martes, 23 de junio de 2020

Más allá de los manuales de estilo

Me gusta decir que soy, sobre todo, escritor. Pero al margen de lo que me guste o no, soy editor muchas más horas de lejos que escritor; de eso vivo. Además y sin embargo, también soy profesor, hijo y sobrino de profesores, y yerno de legendarios maestros. Hasta que llegó un día, como hoy por ejemplo, en que prescindimos, obligados por las circunstancias, de atributos hasta hoy fundamentales de los actos de enseñar y aprender. A ese tren he de subirme, más de ganas que de fue
rza, por cierto, invitado por la American Translators Association, ATA. Serán sesenta minutos para conversar sobre los manuales de estilo, algo que puede parecer excesivo, pues ocurre que compramos un manual para que nos enseñe -de una forma necesariamente sencilla y por definición autodidacta- a hacer ciertas cosas con el lenguaje escrito. Por eso mi participación en los ATA Webinar Series se llamará Beyond Manuals of Style, pero en buen español, desde luego. Ustedes y yo estamos más que bienvenidos.
https://ataspd.org/…/ata-webinar-series-beyond-manuals-of-…/

lunes, 22 de junio de 2020

Un hombre correcto

Se ha oído decir que para muchos oficios hay que nacer, entre otros, para futbolista, artista y genio. No es el caso del corrector, ocupación a la que uno va llegando como sucede con muchas cosas en la vida, aquellas situaciones a las que arribamos en virtud de una en aparente caótica acumulación de actos que hemos dado en llamar destino. En mi caso, como para muchos, ingresar al humilde gremio de los correctores tuvo como antecedentes una mediocre carrera universitaria en Letras, interrupciones esporádicas de los estudios por problemas económicos y propinas mezquinas que, a larga, me impulsaron a trabajar en aquello que podía realizar sin que me exigieran extensos pergaminos ni altas calificaciones. Bastaba con tildar las palabras cuando fuera necesario y poseer la intuición clara y suficiente para darle a la sucesión de oraciones pausa que no perjudicara el sentido y, si talento había, lo mejorase. 
Después de pasar por mi primer trabajo de corrector, sin pena ni gloria, fui echado a calle a la primera reducción de personal. De allí aprendí una primera lección: nadie es imprescindible, menos un corrector. Mi siguiente empleo me deparó un magro sueldo, pero, en compensación, un singular aprendizaje. Ser pupilo de don Juan, mi jefe, constituyó una considerable inyección de estima para alguien que pronto había aprendido que el corrector viviría siempre a la sombra del redactor. Entonces, me sentía como el modesto cajero de un opulento banco que se pasa la vida contando dinero ajeno. Un censor de la creatividad que se ufana de descubrir un error en un texto que es incapaz de elaborar. Con don Juan todo cambió. Erigido en fiscal insobornable, estallaba en iras descomunales en medio de la sala de redacción, blandiendo la prueba infestada de rojas correcciones y preguntando quién era el animal responsable de tamaño desconcierto. Los redactores tenían que ir con cuidado con él, a la hora de escribir y también de topárselo. Una tarde, mientras le sacaba el cuerpo a una pulla alusiva a su edad –más de sesenta–, dijo que él era como la uva, que de madura prodigaba buen vino y luego, magra y rugosa, pasa ya, endulzaba los paladares. La redactora más torpe, pero de formas generosas, le preguntó qué fruta podía ser ella. «Mango», dijo, incorruptible, sereno, y con media vuelta desapareció.

Gremio modesto
El gremio de los correctores es, por definición, modesto. Somos seres opacos, que no reflejan la luz ni la dejan pasar. Compartimos todos los vicios de los periodistas, mas no sus virtudes. Lejos de nosotros la creatividad y el desparpajo, el pase libre a los más diversos eventos, un dejo de superioridad al enfrentarse a la autoridad, con la mano pronta para esgrimir el carnet del colegio. Muy cerca el bienestar de las cantinas, la adicción al tabaco, el horario irregular, la comida al paso y las úlceras. Quizá por el sueldo escaso, solemos ir vestidos con austeridad, cuando no mal gusto. Un puesto que me dio sólo disgustos por un par de años me hizo compañero vespertino del Chaval, corrector limpio pero plano. Nunca le conocí más camisa que una celeste y un pantalón de un azul desvaído, brillante, ajustado a la breve cintura con pretinas sujetas a botones, y los bolsillos de corte horizontal. Una gorra con visera, azul también, siempre nos hizo estar todavía más lejos de sus pensamientos, de descubrir quizá, mirando su desnudo cráneo, si había algo capaz de emocionarlo.

El corrector pretencioso
Pero a despecho de una condición subalterna, de última rueda, digamos, uno de los pocos lugares de una redacción que da cabida a la literatura es el departamento de corrección. Allí reposan los lectores compulsivos, los narradores aguantados y los poetas de servilleta, después de las cervezas suficientes para hacer creer que ya escribiremos cuando tengamos tiempo, que en vano no se nos ocurren ingeniosos cuentos y hasta, cómo no, novelas totales. Y aun cuando, en los días malos, con puteada del editor incluida, se llega a creer que seremos correctores toda la vida, surgen las figuras salvadoras de un Ernesto Cardenal, corrector durante años del Fondo de Cultura Económica, o el buen Saramago, que viejo recién degustó las mieles de la fama y el reconocimiento.
La literatura se convierte en el último reducto para no sentirse menos, para evitar que la subestima prospere, la única posibilidad para ubicarse en el polo opuesto al del corrector cumplidor, pobre y taciturno, sin percatarnos de que derivamos al incierto terreno de las promesas y las pretensiones, lejos del piso, donde las ropas modestas y el menú de tres soles puedan convertirse en penurias de artista sensible e incomprendido.

Justos por pecadores
Todo trabajo trae consigo responsabilidades, aunque ninguno como el correcteril quehacer. El corrector es el arquero de las redacciones. Todos pueden equivocarse, menos él. El delantero puede fallar un gol, el defensa errar un pase; pero el corrector es el único culpable de que en un malhadado instante el redactor piense en los huevos del toro y el editor se afane con demasiado ahínco en buscar un titular propicio en desmedro de un desliz en el texto.  
Una palabra mal escrita, una tilde ausente o la coma traicionera que cambia gato por liebre le son toleradas a este mártir de la escritura con un gesto de desagrado y apenas condescendiente. Menos en un titular. Antes del nuevo evangelio de la eficiencia y la calidad total costaba una suspensión; hoy, casi siempre, el puesto.
Con la errata pendiente sobre su testa, este obrero sigiloso e incomprendido, además de sortear las trampas que tienden la desconcentración, la duda y el apuro, tiene enemigos formidables que, sin quererlo, lo destruyen: los diagramadores. Todavía recuerdo la ruda llamada de atención que emparé porque en el artículo editorial que procuro olvidar, el diagramador de turno cambió una palabra por otra en su titular, sencillamente porque la tipeó nuevamente sin avisarme. En pos de forma –y no del contenido–, la composición y el color –y no del sentido–, le prestó nula importancia a esos escasos veintinueve signos que, combinados entre sí, no pueden ser más que opaca uniformidad en sus aspiraciones de plástico gráfico, y que olvidó considerar como origen de mi sustento.

Sin embargo, hay días en que es posible llegar temprano a casa, leer más que de costumbre y, si el ánimo lo permite, reiniciar el relato que esperamos sea genial, y acostarse pensando que corregir no es tan malo, que quizá mañana ayudemos al redactor a redondear su nota con el adjetivo iluminador o el sinónimo que evite una reiteración penosa; que el editor no se percate de un error que pudo ser fatal y tú se lo hagas saber y te palmotee en la espalda aliviado, agradecido y diciendo «bien, muchacho».


Un asunto de familia

Un amigo me contaba de un compañero suyo que se presentaba en Estados Unidos como “Shoemaker”. Sonoro apellido, elegido para mimetizarse en el medio anglosajón, pero también comprometió algo más que la eufonía para involucrar la semántica. Ocurre que el buen amigo, peruano para más señas, respondía al apellido de “Zapatero” (y a propósito de zapateros, los amantes del fútbol de mi edad pudimos admirar a uno de los mejores arqueros alemanes, Tony Schumacher, apellido al que solo le falta una “h” para significar zapatero; en buen teutón, “schuhmacher”).

            Este paralelo entre el inglés y el alemán, por ejemplo, llamado similitud léxica, es muy frecuente. Basta que un hablante que conozca medianamente el inglés y algo de alemán para dar con la fuente común de la que se han nutrido. Y lo mismo entre el inglés y el español, aunque no siempre por las mismas razones. Es decir, si “estrella” es en inglés star obedece a que su étimo está en el indoeuropeo (una remota y varias veces milenaria lengua de donde han bebido el latín y las lenguas románicas, así como el germánico, entre otras más). Sin embargo, “atención”, “frecuente” y “extremo” corresponden a attention, frequent y extreme; esto debido a su étimo latino, respectivamente: attendere, frequens y extremus.

            Mientras tanto, aquí en América Latina, los vínculos entre las variedades habladas en el continente han creado un complejo mercado de intercambios que son más interesantes porque se dan dentro de los límites de una misma lengua, el español. En el caso del hablado en México, por ejemplo, “pendejo” quiere decir algo opuesto a como lo entendemos en Perú: “tonto y estúpido” en el norte y “astuto y taimado” entre nosotros. Del mismo modo que con la expresión “pesado”, aburrido e inaguantable para nosotros, así como excelente y buenísimo entre los colombianos. Pero volviendo a México, ocurre algo llamativo con su elección del verbo “coger” como sinónimo de consumar el acto sexual, que en español del Perú no tiene esa connotación, cuyo exacto correspondiente es, sea vulgarmente dicho, “cachar”, usado sin embargo por los mexicanos para “coger” como lo entendemos nosotros, es decir, “tomar” o “atrapar”. Puede que esto se deba a la cercanía del to catch en el vecino del norte. No sé; es solo una idea.

            Como fuere, lo que estos casos dejan claro es que la vida de las lenguas es una larga y compleja historia de tránsitos de ida y vuelta que hacen a unos hablantes inesperados parientes de otros —lo que nos convierte siempre en padres, hijos, primos o hermanos de alguien—, en lo que constituye una abigarrada red de relaciones que atrapa asuntos tan diversos como la fonología, semántica, sintaxis o morfología. Un caso extremo sucede con el espanglish, que toma rain para crear “rainear” o map para mejor decir “mapear” en lugar de “trapear”; en buena cuenta, es la estrategia conocida por cualquier lengua de hacer de un sustantivo un verbo.

            Todo esto quiere decir por lo menos dos cosas: primero, no hay algo así como lengua pura (o castiza como a algunos les gusta decir); y segundo, cualquier fusión o división para volverse a fundir obedece a reglas, sin importar lo extravagante, espurio o bastardo que nos pueda parecer el resultado. No importa lo superior que se sienta el hablante a causa de su cuidada dicción y compleja expresión, todos los que emplean el lenguaje lo hacen y lo siguen haciendo de tal modo porque es funcional a sus intenciones comunicativas. Recordemos si no el lugar de donde viene nuestra lengua, España, por todo donde a lo largo de los siglos todo mundo dejó su simiente (junto con sus palabras), entre ellos los árabes, cuyos sonidos seguimos pronunciando en la Lima de hoy sin que nos tiemble la voz, sea el alcohol que no hay que beber en exceso, nuestro ojalá para rogar que algo suceda (de “oh, Alá”), el jarabe que nos calma la tos o el alambique donde se destila el peruanísimo pisco.

            Finalmente, entre muchos otros aspectos, la lengua es un asunto de familia, y como tal se somete a determinadas “estructuras elementales del parentesco”, tal cual se llamó el fundamental libro del antropólogo francés Claude Levy-Strauss, que introdujo así el estructuralismo en las ciencias sociales. Pero la idea de explicar la realidad social por medio del concepto de estructura tiene su origen en el padre de la lingüística, Ferdinand de Saussure, quien entendió la lengua como un sistema —palabra que prefirió en lugar de estructura, que nunca usó—. Cuentan que fue luego de una provechosa conversación con Roman Jakobson que Levi-Strauss unió la lingüística con la antropología para dar inicio al estructuralismo como sistema de pensamiento en otros ámbitos. Como lo dijo el filósofo Heráclito de Éfeso hace 2500 años, llamado el Oscuro: panta rei, todo fluye.


Necesarias arbitrariedades

Hay un momento en la historia que tenemos en común con nuestra lengua, cuando niños, en el que no encontramos razón para que la mesa se llame “mesa” y el caballo, pues “caballo”. Y luego pasamos a otra cosa. Así es la infancia, maravillosa e imprevisible para quienes somos sus protagonistas.

            Cuando Ferdinand de Saussure sentó las bases del estudio de la lingüística lo hizo con tal fortuna que en adelante aquella fue el marco para posteriores desarrollos en otras disciplinas; esfuerzos que tienen en común entrar en el rótulo de “estructuralismo” (si bien es cierto que Saussure, más que de estructura, habló de “sistema”). De hecho, cuenta la leyenda que el antropólogo Claude Levi-Strauss alumbró su Estructuras elementales del parentesco luego de tomarse un café en Nueva York con Roman Jakobson, nombre capital en la lingüística posterior a Saussure.

            Sin embargo, como ocurre con todo acto fundacional, el Curso de lingüística general de Saussure experimentó ajustes, correcciones y desarrollos entre sus seguidores. Uno de los más notorios es el que se refiere a la pretendida arbitrariedad del signo lingüístico; es decir, que no hay razón alguna más allá de nuestro libre arbitrio para llamar “caballo” al caballo, que no hay ningún motivo más allá de nuestra libre elección para llamar “rosa” a la rosa, acto nominativo que la novela de Umberto Eco El nombre de la rosa convirtió en una imaginativa exploración acerca de la relación entre las cosas y sus nombres.

            Hasta aquí todo bien. Pero no. Nunca es tan fácil. Y esto tiene que ver con la etimología. Quiero decir, bien vista, la arbitrariedad del signo lingüístico solo es tal cuando su nacimiento se pierde en la noche de los tiempos, un momento del que nadie tiene noticia. Luego de eso, todas las palabras echan a andar, las recibimos, las usamos y las legamos a los que vendrán. En esto no hay nada de arbitrario. Por eso Emile Benveniste hizo un ajuste para proponer que la relación dentro del signo lingüístico

entre significante y significado —entre su materia fónica y aquel concepto al que refiere— era necesaria. Por cierto que cualquier significado puede adherirse al significante que le plazca, pero, una vez consolidada, la unión deja de ser arbitraria para tornarse un vínculo vivo y dinámico cuya andadura por el tiempo es materia de la etimología.

            Dedicada a establecer el “origen de las palabras, razón de su existencia, de su significación y de su forma”, habitualmente la etimología ocasiona en el hablante que se entera del origen e historia de una expresión una sorpresa basada en el hecho de reconocer que aquella etiqueta adherida a cierto significado que solemos llamar palabras no era para nada arbitraria, sino que respondía a la demorada historia de la lengua de la cual solemos ser inconscientes y bienintencionados usuarios.

            En un hecho tan cotidiano como ir a comer a un restaurante, los comensales acostumbran ignorar que van, más que para satisfacer su paladar, a pedir un plato sobre todo “restaurante”, que los restaure de sus idas y venidas por el ancho mundo.

            Lo mismo con la pasión. Quién no se entrega con el pecho expuesto a una, sea la amorosa, futbolera o la alentada por nuestra más íntima vocación profesional. Pero solemos ignorar que “pasión” es el sustantivo del verbo “padecer”. Por eso no hay que atender demasiado a esos hinchas futboleros que solo exigen victorias a sus equipos. Son víctimas de un espejismo. Tal demanda es algo tan necio como creer que lo que busca un ludópata cuando va a al casino es ganar. No, el adicto a los juegos de azar quiere perder la camisa, ganar dos y volverlas a perder, todo en la misma noche. De eso se trata apostar,  vivir todo lo intenso que se pueda montado en la rueda de la fortuna. Por eso también el amor es pasión, ese ir y venir entre la combustión interna y el objeto del deseo. Sin embargo, el amor pasión también termina, y cuando ya no nos hace padecer es porque se ha tornado rutina, tedio y reiteración.

            La etimología es así una vía de encuentro de esa materia viva, sutil y aérea que escapa de nuestros labios —compuesta de vocales y consonantes hechas de fricciones, oclusiones, entonaciones, aspiraciones e inspiraciones— con una larga historia que relaciona, por ejemplo, a los algoritmos que ya gobiernan nuestras vidas con un remoto matemático persa conocido como Al Juarismi, responsable de que llamemos a los números escritos con la nomenclatura arábiga guarismos.

Entre los aullidos de la remota manada de donde provenimos y las más extremas prestidigitaciones de la poesía, pasando por el clan hasta terminar en la familia, hay un dilatado recorrido del lenguaje que alguna vez imaginamos arbitrario para descubrir después que solo somos constantes y disciplinados hacedores de etimologías.


Lo que pueda hacer

Hay mañanas de luz que te hacen comprender la labor del director de fotografía en las películas; demorados amaneceres como el de hoy. Me propuse entonces escribir un cuento sobre una mañana así, no sé si de primavera o verano, pero decididamente solar y sabatina. Mi personaje sería joven y ladearía la cabeza de pie ante su ventana, temprano —cosa inusual en él—, para recibir el sol oblicuamente sobre la mejilla derecha y conducir  su calor dentro sí por su pabellón auditivo. A todo esto, antes de bañarse de luz en el alto piso de su departamento, habrá puesto en su tocacintas una canción, “Hey Hey What Can I Do”, de Led Zeppelin, y el hermoso y cínico blues llenará de sentido durar un día más sobre la tierra.

Esa mañana, la del cuento, tendría que ser por fuerza especial en su expectante cotidianidad. Eso el personaje lo sabrá desde que elija la ropa para ofrecer a los elementos su cuerpo sano y fortalecido por la salud y la oportunidad del tiempo (la suerte de ser nutrido de lo necesario a la hora; gracias, mamá). Quizá vista un jean y un bividí azules y camine con el compás de sus años mozos. Nadie necesita una pomposa finalidad para ser joven y feliz, solo poseer la salud mental para poder estar (lo sabemos bien los que la perdemos de vez en cuando). Su discreta causa final para salir de casa será fumar un cigarrito chino con un amigo que lo está esperando.

Después tiene ocurrir cualquier cosa. El relato no fue pensado para ofrecer un evento extraordinario. Su valor tendrá que ser sencillo y genuino —me propuse—, sin vocación de sorpresa ni alardes de prestidigitación; una celebración del instantáneo acto de ser tan simple como se pueda imaginar; la conciencia al servicio de un razonado y sensato hedonismo.

Mientras tanto, he salido a comprar lo necesario para el desayuno. Fueren el sol o mi modesta pulsión literaria, no estoy acojonado, como acostumbro, durante los primeros minutos del día. Es una cobardía inútil que he aprendido a remontar con una serie de trucos que no acostumbran fallar; pero si sucede, digo, si acaso un ánimo funesto se prolonga más allá de las once, estrecho mi mentón con una determinación sin orientación cierta y realizo cualquier tarea doméstica que me opaque el pensamiento y al mismo tiempo contribuya al orden y limpieza de mi casa. Por ejemplo, si barres a conciencia y trapeas las zonas críticas habrás ganado el placer de caminar descalzo; si echas detergente y lejía al baño, cuando entres porque la necesidad te llame serás ganado por el denso olor  que buscamos hace miles de años sin saberlo, ahora en el punto más alto de la asepsia y  desodorización químico-desinfectante.

Todavía no has dicho que no fue solo la luz de febrero la que te indujo a escribir el cuento. El propósito se cuajó cuando, a velocidad menor a la del segundo (siempre es así, pero debemos ralentizar la rapidez de nuestro pensamiento y emociones para creer que entendemos su casi material discurrir), le pusiste la canción de Zeppelin a esas ondas o partículas —todavía la ciencia no está segura— que te devolvieron a la ameba que un lejano día fuiste, a la hoja verde preñada de fotosíntesis, al ave de vuelo propiciado por las cálidas corrientes de aire ascendentes.

Conozco bien a mi personaje. De hecho, solía ser yo en mi primera juventud. Todavía no sé qué le pasará; pero, lo reitero, no tiene que ser la gran cosa, solo el éxtasis de elevarse una mañana cualquiera sobre el suelo como un tallo flexible y bien dispuesto, favorecido por los vientos y acariciado por el sol de aquellos tiempos, cuando los taxistas no protegían su brazo izquierdo con ceñidas mangas de colores que los hacen parecer tatuados.

Cuando termine el cuento, lo pondré a buen recaudo y a la mano de mi recuerdo. Quizá me sea útil esa mañana de invierno que ya veo venir, seguramente con miedo también —así es esto—, yendo a comprar el pan ciabatta y las naranjas que tanto le gustan a Rosa. Puede incluso que el universo sea bueno conmigo y su lectura me haga doblemente feliz, por lo escrito y por la evocación de los instantes en que lo concebí. Ojalá que sea eso lo que por lo menos pueda hacer.


Smoke (o el desaparecido arte de fumar)

Barrios hay muchos. Se puede ser un hombre con esquina tanto en el cruce de dos calles como en un parque o quizá una tienda. En la película Smoke, ocurre que hay una tienda en una esquina frecuentada por quienes han convertido el acto de fumar en un modo más de estar vivos. La tabaquería de Auggie Wren es su barrio. Allí  discuten de política, béisbol, negocios o de la vida de los otros. Un escritor que acude frecuentemente por su dosis de nicotina es también un buen candidato para hablar de él, más si está regresando de lado más agudo del sufrimiento.

Casi todos los personajes de Smoke, además de respirar, padecer y hacer, fuman para acompañar sus más diversos momentos, entre otros, aquellos en que se hacen humanos y se encuentran a sí mismos por la vía del dolor. Quienes hayan prendido un cigarrillo luego de sufrir una situación límite lo saben.

La película también es una aproximación a las aristas más afiladas de la paternidad, aquellas que nunca tuvieron su momento Kodak. Sin embargo, más nos vale aceptar que todos provenimos de una mujer o un hombre que por defecto o exceso nos hicieron quienes somos. Es algo que deberemos hacer si queremos convertirnos algún día en nosotros mismos.

Smoke es además una inteligente y sutil exploración acerca del azar como fuerza conductora y ordenadora de nuestras vidas. Asociado comúnmente a la buena o mala fortuna, a la lotería o a ser víctima de una desgracia, eso que llamamos suerte en realidad es más influyente y decisivo de lo que estaríamos dispuestos a creer. Todo aquello que no dependa de nuestra voluntad ni de la de los otros es un abismal espacio ocupado por nuestras rutinas, las leyes de los numerosos sistemas que nos gobiernan y el imperio del azar.

Y es finalmente de la voluntad de lo que trata Smoke, de todo aquello que ocurre por que nosotros hacemos que suceda. Eso no es una novedad. Si vemos una película es porque esperamos que pasen cosas para que emerja el milagro del sentido de la experiencia humana. Pero si además asistimos a los dramas de personas que solo pueden completar sus vidas junto a las de los otros y están dispuestos a hacer algo por ellos a un precio razonable, tendremos buenos motivos para ver Smoke, seguir yendo al cine y continuar con nuestros asuntos.

Así un buen día Rosa Rosa, Juan Pablo y yo decidimos crear algo llamado “Arjé” vinculado a varios proyectos, uno de ellos Arjé CineClub. Fuimos y vinimos, coordinamos, avanzamos y retrocedimos, hasta que Caro Lina, nuestra hermosa Popina, antes mi alumna y ahora fiel compinche de Rosa, además de intensa cinéfila, dio el puntillazo final al proyecto que terminó por estar maduro. Fue así que vi y comenté Smoke; fue de esa manera que empezó un proyecto entregado a la pasión de ver cine acompañado y darse el gusto de comentar al final ese artefacto narrativo que nos emocionó y convenció de que si nos lo proponemos haremos algo valioso con nuestro tiempo sobre la Tierra.

Recuerdo que cuando Julio Ramón Ribeyro publicó su relato “Solo para fumadores” coincidí con todos los que lo disfrutamos en que si tenías algún vicio antes de leerlo muy probablemente persistirías en él. A estas alturas, Smoke no conseguirá lo mismo, pero nos hará saber que los primeros americanos un día hicimos un canuto con unas hojas y lo prendimos, primero para aderezar un ritual, después simplemente por adicción, pero en medio, en algún momento, estuvo el desaparecido y complejo arte de fumar.


Una mañana de euforia

Un poco tarde me percaté de que lo mejor que hacía en la vida era escribir. Y me digo esto al margen de que lo haga bien o no. Para algunos sí, sin duda, y puede que para otros no, también sin duda.

Pero antes de llegar a ese convencimiento escribía sin más, con el ánimo de estar haciendo algo para lo que me creía dotado. Un buen día tuve un número determinado de cuentos que sometidos a una prudente poda podían convertirse en libro. Y así fue.

En el periódico en el que trabajaba me debían un dinero que con seguridad nunca me pagarían, pero la empresa tenía su imprenta, además de su propia infraestructura y personal para el trabajo de preprensa. Luego de una conversación fugaz con el director del periódico, nos pusimos de acuerdo en que parte de lo que me debían me sería pagado imprimiendo mi libro, que para entonces solo existía como documento de word en la 386 usada que la empresa me había dado también a modo de pago o amortización. Yo quería quinientos ejemplares. Desear más me parecía estar apuntando a best seller. Sin embargo, cuando me entregó el presupuesto, el director había hecho un estimado por mil ejemplares. Le dije que era demasiado, pero terminó de convencerme cuando me dijo que la diferencia entre quinientos y mil la hacían solamente cien dólares. “Y de repente los vendes”, me dijo. Cuando lo escuché me pareció que solo faltaba añadir a su frase, después de la coma, el afectuoso “hermanito”. Sea, me dije, y entré al ruedo.

Recuerdo aún cuando me dieron los mil volúmenes, en treintadós paquetes de treinta y uno de cuarenta. Al ver el espacio que ocupaban, me amilané. A primera vista eran demasiados libros, pero la suerte ya estaba echada. Recuerdo con mucho cariño la presentación. Amigos y parientes aceptaron mi invitación y creo que la pasaron bien. Me ocupé de que a nadie le faltara siempre una copa de whisky y también de que a las señoras no les faltara su copa de tinto. Ese día vendí de un tirón más de treinta ejemplares, un auténtico y desaforado récord a la luz de lo que vendría después.

 Excepto una reseña de un crítico literario –cuyo trabajo admiro hasta hoy– cuyo contenido alcanzaba para sentir que la empresa de publicar no había sido vana y otra brevísima reseña que salió por ahí que hasta ahora recuerdo por su velada mala leche disfrazada de humor, mi libro, el único y primogénito, no tuvo la menor repercusión. De no mediar la generosidad del crítico que menciono, hubiese sido como si no hubiera existido.

En total, para hablar de ventas, creo que no llegué, ni de lejos, al centenar de libros por los que me hubieran dado dinero a cambio. Más bien a algunos buenos amigos les di su paquetón de treinta ejemplares para que los hicieran circular entre sus conocidos. Dejé algunos en unas pocas librerías, pero lo vendido también fue exiguo. Hasta ahora guardo agradecimiento por esos desconocidos que se atrevieron a comprarme un ejemplar asistidos apenas por la información que podía darles la contraportada.

Entre idas y vueltas, absorbido por el azar, la rutina y de pronto lo imprevisible, fui viviendo mi vida acompañado de mi libro. Entonces me parecía que por mucho que los regalara nunca se acabarían. Hasta que me llamaron de un programa de televisión, casi dos años después de haberlo publicado. Una vez el productor me hubo ubicado, me dijo que el conductor del programa dedicado a literatura me había leído y le interesaba entrevistarme.

Quizo la fortuna que estuviera con mis más queridos amigos las horas previas al encuentro. Tomamos unas cuantas cervezas, pero no produjeron en mí el efecto que esperaba, de modo que tomé veinte miligramos de diazepam. El buen diazepam nunca me ha fallado, y tampoco en aquella ocasión. Llegué puntualmente al lugar donde grabarían acompañado de mis fieles compañeros. El local barranquino estaba tomado por una barahúnda de técnicos, cables, cámaras y luces. Me guarecí en un rincón con mis camaradas hasta que llegó el conductor. Lo miré lo más intensamente que pude para saludarlo, pero él paseó una mirada fugaz por donde yo estaba sin reconocerme. Todavía no he dicho que soy un poco paranoico, de modo que interpreté ese acto del peor modo posible. Me dije que, claro, a nadie se le ocurre entrevistar a un autor para hablar de un libro que ha publicado hace dos años. De otro lado, por ahí me había caído mi palo en relación con el cuento más largo, o novela corta, según como se mire, y se me consideraba ya un hijo bastardo de Kerouac, al que no había leído, así como también veían mi novelita como una triste muestra de aprendizaje de realismo sucio, lo que en mi caso, eso entendí, ya parecía realismo cochino. Junté ambos cabos, el del tiempo pasado desde la publicación y de la crítica adversa, mezclé la información en mi cabeza y me dije que me habían llevado hasta allí para tenderme una celada y decirme algo así como “que un chibolo hable de sus excesos y todo eso, vaya y pase, pero al borde de los treinta salir con estas cosas, por favor, Daniel”.

Cuando el conductor me dijo: “Disculpa, Daniel, que empiece con un exabrupto”, solo atiné a decirme “empezó Cristo a padecer”. Pero pasó exactamente lo contrario. Luego del “exabrupto”, de signo absolutamente positivo, fui sorprendido por la actitud del conductor, que tuvo para mi primer esfuerzo literario las más amables y generosas palabras. Mi agradecimiento dura hasta hoy.

Los amigos que me acompañaron, luego de la entrevista, me dijeron que ahora sí tendría más suerte en las ventas, pero no fue así. Las cosas siguieron más o menos igual, pero peor. Los libros que todavía me quedaban, es decir, los que no se compraron, ni regalaron, ni distribuyeron con entusiasmo mis amigos, andaban, como animados por vida propia, dando vueltas por la casa. Anduvieron bajo la cama, visitaron el cuarto de la azotea, reposaron un tiempo en la sala y supieron también de la estrechez del rincón chino, un reducido y extraño espacio que, a modo de apéndice, tiene mi sala, que llamamos chino porque está decorado con tres acuarelas chinas que heredé de mi suegra.

 Aunque no todo fue decepción. No faltaron los lectores a los que les gustó, a quienes llegó el libro porque se los regalé o sabe dios de qué indirecto modo, pero el hecho es que mi modesta colección de relatos fue haciéndose sitio de esa forma en el mundo. Pero no era suficiente, al menos no para mi vanidad. Debo decir que en esos años ansiaba el reconocimiento. Y esta confesión puede parecer banal si consideramos que todos quieren reconocimiento, desde el panadero hasta el ingeniero, pero en el caso de los escritores esa demanda puede volverse mórbida.

De este modo empecé a mirar a mi primer hijo literario con ojos demasiado severos. Errores que cometí en su edición que antes pasaba por alto empezaba a verlos como horrores imperdonables. Para empeorar la cosa, le regalé un ejemplar a un buen amigo que, con la mejor intención, me devolvió corregido. Le cambié ese ejemplar por otro y le agradecí el gesto, y con ánimo malsano conté los errores: su número era superior al de las páginas del volumen.

Como el hombre harto de su esposa, en la que empieza a ver como defectos lo que antes consideraba como detalles adorables, quería deshacerme del libro. Por momentos me decía que podía seguir arrimándoles paquetes a mis amigos para que continuaran diseminándolo por la ciudad, pero me sublevaba la idea de verlo por las calles del centro de Lima a un sol el ejemplar. Si bien había llegado a detestar por momentos a mi creación, no estaba dispuesto a tolerar que otros la maltrataran.

Una mañana de euforia, me levanté con la idea de acabar con los dilemas y sentimientos encontrados que me provocaba el libro. Llegué al trabajo, avancé lo más rápido que pude en las obligaciones del día y le dije al chofer de la chamba que necesitaba sus servicios por una hora. Aceptó. Fuimos a mi casa, di una última mirada a lo que quedaba de mi aventura literaria, separé un paquete de treinta ejemplares y metí el resto, más de quinientos , en una gran maleta. Bajé con mi carga en una mano y con dos botellas de dos litros vacías en la otra. Pasamos por un grifo, compré cuatro litros de gasolina y nos fuimos para la Costa Verde.

Hacer algo tan sencillo como encontrar un lugar para hacer una pira y quemar papel, con lo simple que suena, no fue sencillo. Dos veces tratamos de parar pero nos lo impidieron serenos del distrito, hasta que llegamos a un lugar sin vigilancia, con unos indigentes como únicos testigos. Formé una pirámide con los volúmenes, rocié la gasolina y, antes de echarle fuego, vi que uno que otro indigente se aproximaba con una curiosidad que amenazaba con convertirse en acto. Encendí una cerilla y les dije que se apartaran, que estaba por quemar libros de brujería. Se retiraron de inmediato y uno de ellos regresó, alentado por un candor que me hizo decir “oh, sancta simplicitas”, con media botella de querosene.

Tuvo que pasar buen tiempo para que pensara otra vez en el episodio y lo viera con ojos menos benévolos. Lo que al principio me pudo haber parecido un gesto romántico fue cobrando con el tiempo su auténtica dimensión: un hecho desmesurado y estúpidamente egoísta.

No sé si el libro fue sin lugar a dudas valioso, pero los lectores que me regalaron su cálido afecto luego de leerlo no merecían que así les pagara su fe en mi trabajo. Sé que una serie de factores me condujeron a la quema ritual que a veces lamento, desde mis manías domésticas que hicieron que los numerosos libros se rebajaran a la condición de cachivaches hasta una vanidad a la que creía tener derecho; pero igual a veces un triste pesar lastra mi corazón.

Después de todo, el libro ya no me pertenecía; todo el esfuerzo invertido en él había hecho que lo allí escrito, apenas salido de la imprenta, aún con la tinta fresca, cambiara de algún modo de dueño y fuera también a pertenecer a los lectores, esos mil hipotéticos lectores que nunca tuve pero que quizá a la larga iba a tener. Eso solo podía decirlo el tiempo, tiempo que yo cancelé en un acto flamígero que veo cada vez menos cómo símbolo y cada vez más como barbarie.


Josemári Recalde, corrector de estilo

Josemári y yo pertenecimos a una generación de escritores y estudiantes de literatura al mismo tiempo que empezaron su vida laboral como correctores en un diario, casi por la misma época; pero nuestros caminos se cruzaron y estrecharon para siempre cuando hubo de viajar a España por asuntos de estudios, algo breve me dijo, a lo mucho tres meses. Lo que me pidió fue que lo reemplazara en el diario en el que era corrector y le devolviera su trabajo cuando regresara. Ahora, a la distancia, valoro mucho más la confianza que en su momento no solo por su naturaleza intrínseca y agradecimiento a un ausente definitivo, sino porque mi paso por Síntesis, periódico económico, fue un tramo importante del camino en el que ahora me encuentro. Ya sabemos, vistas las cosas en retrospectiva se someten a otra luz, al parecer gobernadas por una forma de destino que quizá sea una fantasía, cuando todo acto presente lo concebimos como tributario del pasado. Todos somos profetas del pasado.

A tono con eso, mi experiencia en Síntesis no pudo ser más azarosa. Cuando nos despedimos, Josemári me dijo cuánto ganaba y me aseguró que pagaban a tiempo, algo que cambió para siempre apenas tomó su avión rumbo a Europa, pues en adelante solo pude ver cien soles semanales como sueldo por casi dos años porque el diario había entrado súbitamente en crisis. Digo esto cuando mi expectativa era ganar 1200 soles. No saquemos cuentas. ¿Para qué? Mejor hablar de todas las otras cosas valiosas que me dio ese trabajo por cuenta de Josemári, como ser tratado como cliente de confianza por la señora que preparaba unas viandas poderosas solo porque yo era su reemplazo temporal. Yo también me apliqué a la comida, pero nunca como Josemári, cuyo permanente ánimo sibarita y hedonista, además de su apetito voraz, lo hacía preferir exquisiteces como leche con Milo y tostadas untadas generosamente con mantequilla y mermelada.

Otra cosa que le debo a Josemári fue tener como jefe a Juan Campodónico, lujo de maestro a quien le debí primero mi destreza como corrector y posterior fortuna como editor. A don Juan le gustaba recordar a Josemári. Lo quería bien y con afecto. Me contó varias anécdotas con él, pero hay una que no olvido. Ocurre que Josemári solía llegar tarde, y eso porque él siempre fue el poeta Josemári Recalde, antes de Libro del sol y de los recitales donde paseo su identidad entrañable que el recuerdo vuelve todavía mejor; quiero decir, la suya fue vida de poeta. Sus justificaciones con don Juan eran algo tan insólito como decir que salió un rato de su cuarto y cuando regresó la puerta se había cerrado, y no tenía consigo la llave, y tuvo por eso que entrar por una pequeña ventana, todo lo cual demoró su llegada al trabajo. Pero la mejor fue cuando se apareció a las 5 y 45, cuando la entrada era a las 5 de la tarde, y le dijo a don Juan que hubiera llegado a tiempo, pero estuvo a las 5 cerca, entre Javier Prado y la Arequipa. Don Juan, furibundo, le dijo: “Pues trabaje en ese cruce mejor, y así llega tiempo”. El amante de los rituales elaborados que siempre fue Josemári soñó varias veces después en juntar a los camaradas de Síntesis, el Chaval, César Vallejo (así se llama, no es broma), Víctor Romaní, don Juan Campodónico y este servidor. “Solo correctores”, insistía Josemári con gremial inspiración.

Josemári no reclamó su puesto a su regreso. Me lo cedió generosamente, y si soy quien soy ahora es también por ese gesto. Lo mejor de todo es que adelante no dejaríamos de vernos, sobre todo porque se mudó a la buhardilla de dos pisos que fue de su abuela, “mi boudoir”,  decía con esa coquetería tan viril que fue uno de sus rasgos distintivos, como cuando le pregunté si había leído Paradiso, de Lezama Lima, y me dijo sonriendo con singular encanto “solo el capítulo 8”.

Dejé Síntesis, me pagaron lo que me debían con la edición de mi primer libro de cuentos (eso también te lo debo, Josemári), seguí corrigiendo y nuevamente un trabajo cruzó mi camino con el de Josemári. Ambos estuvimos en el bolo para ocupar la plaza, un trabajo muy bien pagado, gran experiencia formativa para mí que duró cinco años. Me quedé con el puesto; Josemári de alguna forma me lo cedió, pero a cambio fue él un habitué de mi casa, que llenó de alegría y eventos maravillosos con sus frecuentes visitas. Sé que Rosa, mi reciente esposa, toleró mejor aquellos días del profesional en formación que fui porque la austera vida que le podía ofrecer de artista en cierne tenía ese calor e intensidad definidas también por la presencia de alguien en muchos sentidos exuberante como Josemári.

Nunca olvidamos con Rosa la noche que Josemári nos pasó la voz desde la calle. Eran casi las once. Salí a mi ventana desde el cuarto piso, y lo primero que me llamó la atención fue que su cuerpo estaba encajado en un exquisito traje marrón que lo hacía lucir como un estilete. Le lancé la llave, subió, le dije que tenía poco dinero, Rosa nos dio unas monedas (siempre lo hacía), salimos y regresamos con una botella plástica de medio litro llena de llonque. Fue una amable noche en la intimidad de mi dormitorio, Rosa y yo sentados en la cabecera y Josemári conversando con calor desde un taburete al pie de la cama. El llonque hizo su trabajo, nos emocionamos de estar vivos y juntos, y de pronto Josemári se puso de pie y entonó unas canciones en portugués que aprendió a su paso por Lisboa.

Ese era Josemári.


El año del Perro

Hace un año, un día como hoy, mi mujer me dijo “nos mudamos, tenemos que cuidar a mi papá”. Era un 10 de enero, como hoy, pero entonces cumplía 46. No fue un pedido, menos una sugerencia, tampoco una orden. Rosa sabe que soy un cabrón maniático, paranoico y algunas mañanas de euforia decididamente demente, con una tendencia al egoísmo que ella ha sabido muy bien moderar. Pero le valió. Sin embargo, lo más sorprendente para mí fue que yo dijera “bien, lo más rápido que se pueda”.

Las circunstancias en que ocurrió todo no me interesa mencionarlas, no quiero, todas las familias tienen sus cosas, y todavía no he perdido la costumbre de lavar mi ropa sucia en casa, y sobre todo la muy sucia, que ni por error llevo a la lavandería de la esquina. Punto aparte.

Y de pronto todo un día fue ensayar una serie de rutinas alrededor de un encargo, que Luis Jesús Carrasco Arenas muriera de la puta madre. Creo que lo logramos: Irene, su enfermera; Rosa, su enorme hija; y yo, pero no diré su yerno, pues tuvo varios, porque prefiero recordar aquella tarde en que se le dio por joderme y a mí por defenderme —y dios sabe que sé hacerlo con encono—; un domingo crepuscular de otoño que terminó con un “yo te jodo porque eres mi hijo, entiéndeme, por favor”. Punto seguido. Si te dicen eso a quemarropa, y cuando sabes que te has pasado la vida tratando de llenar el vacío que abrió la puta y triste caricatura que fue la figura paterna que la biología te dio, nada, cierras el pico y buscas en Spotify una canción que los reconcilie.

Entre ese 10 de enero y el de hoy habré bebido el primer mes 10 chatas de vodka Stolichnaya, y luego, ya más calmado y a lo largo de todo el año, 80 petacas de ron Cartavio, una que otra chata cuando había universidad en la noche, casi 20 botellas de Vat69 y unas 25 de vino tinto, a título personal, por cierto. Subí también 10 kilos y elevé todos mis índices, esos que deciden cuándo y cómo te vas a morir: colesterol, azúcar, triglicéridos, y la tensión arterial al mango.

Antaño, antes de convertirme en un hombre de letras, fui un hombre de números, de manera que sé muy bien entender la vida como asunto de sumas y restas. Es verdad que supe este año, tristemente, también de divisiones, cómo no, pero lo cierto es que, haciendo cálculos, cuidar a mi suegro fue, sobre todas las cosas, en lo personal, una multiplicación. Así, Rosa no solo fue para mí una de las mejores elecciones de mi vida, sino sobre todo la hija cuyo padre necesitaba como su propio aliento, que le leyó miles de páginas para apartarlo de la postración que se lo terminó llevando, que, en fin, le dio la oportunidad, sobre el final, de ser el mejor hombre que uno puede ser.

Y así una noche murió el bienhumorado profesor de matemáticas, el Perro Carrasco, el tenaz político y organizador, el fundador del Sutep y Patria Roja, dejándome una inesperada lección: que Daniel Soria no era inmune a la muerte. Sí, porque había vivido hasta entonces sin comprender a los que lloran a sus muertos viejos y enfermos, ignorante de que esto de vivir nunca se trató de un asunto práctico de dejar ir a los que tienen marchar, y si dejan de sufrir pronto, pues mejor. No, no lo es, y hube de llorar lágrimas de pesar porque este año me abandonó uno de mis padres; no el único, pero sí el que más me quiso, pero no solo por lo que yo fuera, sino porque su hija me eligió a mí para intentar ser feliz sobre la tierra, y eso me alcanza para seguir viviendo.


Para Aitana, para nosotros; en realidad para nosotros

Hay cosas que sabemos los editores que a los comunes lectores les conviene más bien ignorar. Una de ellas es que a veces abusamos con la tijera cuando reducimos los textos. Otra es que una que otra vez malogramos el párrafo que quisimos mejorar porque no comprendimos cabalmente su sutil propósito narrativo. Y así va el mundo, total, nadie sabe lo de nadie, excepto los escritores, los escritores como Pía, sobre todo.

Cuando Pía me pidió que escribiera unas líneas sobre su novela para ponerlas en la solapa sabía que no tendría tiempo para terminarla, ni mucho menos, pero igual acepté. Mi vida solo tiene sentido porque es un fenómeno de lenguaje. De hecho, no creo que yo hable una lengua, sino que el lenguaje me habla. “Leeré cien páginas y comentaré el estilo, así seré honesto con todos”, me dije. Los editores hacemos esas cosas. Y ocurrió que la leí durante la madrugada hasta terminar con ella por una sencilla razón: no podía acostarme sin saber qué iba a ocurrir con esos seres humanos que fingían muy bien ser como aquellos con los que gozo y padezco a diario, aunque nunca haya conocido a ninguno parecido.

Otra razón que me di para entregarme a la experiencia fue porque leer Para Aitana me hizo de algún modo sentirme joven otra vez, a pesar de que debo confesar que mi juventud no fue tan amable como la de ese grupo de amigos cuyo bienestar y lozanía pasa por obtener las certezas que el afecto sabe tan bien brindar. Pero allí estuve, hora tras hora, entregado a la lectura de una historia de seres corrientes en sus idas y vueltas nada extraordinarias intentando hacer lo mejor que podían con el tiempo que les fue dado; ellos eran para mí la vieja historia de los seres humanos, para ser honesto, sin ninguna novedad que destacar, excepto que representan el secreto resplandor que emite la vida cuando es bien contada, y eso es algo que Pía ha hecho notablemente.

Reconozco que como lector soy un alma perdida, que ya extravié la inocencia tratando de explicarme y enseñar la magia de lo literario, que mi emoción estética dura todo lo que el intelecto la deja, que recorro los textos con una lamentable hiperconciencia que me hace perderme lo mejor de la fiesta. Sin embargo, hay algunas madrugadas en que algún escritor me echa el lazo y me somete al ritmo de un café cada dos horas hasta deglutir la última línea. Eso me ocurrió la noche que leí Para Aitana.

Hay un texto de Ribeyro que me gusta leer a mis alumnos, una pequeña prosa, la 83 de sus Prosas apátridas, que dice así:

Arte del relato: sensibilidad para percibir la significación de las cosas. Si yo digo:  “El hombre del bar era un tipo calvo”, hago una observación pueril. Pero puedo también decir: “Todas las calvicies son desgraciadas, pero hay calvicies que inspiran una profunda lástima. Son las calvicies obtenidas sin gloria, fruto de la rutina y no del placer, como la del hombre que bebía ayer cerveza en el Violín Gitano. Al verlo, yo me decía: ‘¡En qué dependencia pública habrá perdido este cristiano sus cabellos!’. Sin embargo, quizás en la primera fórmula resida el arte de relatar.

A ese buen gusto de decir mucho con poco me gusta llamarlo sobriedad, una moderación que Pía se ha permitido con generosidad en esta novela no solo para demostrar que la realidad existe (cosa difícil si me obligan), sino que además tiene sentido, y en una de esas alcanzamos a ser felices.

Pero lo que terminó por hacer de mí un rendido lector fue un truco que la literatura occidental conoce muy bien: hacer que ella hable de sí misma, eso que llamamos metaficción. Porque Para Aitana es eso, una novela dentro de otra, una realidad de papel que da realidad a otra también de papel, de manera que nos hace caer eficientemente en la trampa, por la vía de ese procedimiento, de que somos testigos de lo que la vida realmente es porque alguien se la cuenta a otro, dejándonos a nosotros en papel de testigos de ese vínculo donde lo único importante es comprobar que alguien habla a alguien y que además se entienden, hazaña humana que ocurre a diario pero que nadie consigue todavía cabalmente explicar.

Y así el padre ausente (aunque “muerto” sea la palabra más precisa, pero no la más justa) deja un texto que nadie más ha visto a su hija, quien se apresta a leerlo dejando que miremos, discretamente, por encima de su hombro. Habrá que llegar al final de la novela para saber qué resulta de ese intercambio demorado y por fuerza extemporáneo, pero puedo adelantar a los lectores que cualquier cosa puede ocurrir. Y eso porque la metaficción es quizá el más extremo de los juegos literarios, parecido al de ponernos entre dos espejos, con el riesgo de extraviarnos en la búsqueda del último yo al final de los reflejos, una tarea infinita, cuando no imposible. Estamos todos advertidos.


Penúltimo blues para Carlos Zuleta, el rey del Sur

Ahora que apuro esta petaca de ron rubio y barato en tu nombre —un poco de lucidez a tres soles ochenta en la bodega de la esquina—, Robert Johnson aporrea las cuerdas en alguna orilla del Mississippi. Dicen que tenía tratos con el demonio, reclaman que murió a manos de un marido agraviado. A estas alturas, con varias horas ya en el otro lado, seguro sabes qué ocurrió con el rey del Delta, el más grande artífice de ese lamento sinuoso y de pronto lascivo que llaman en inglés de modo muy parecido a la tristeza, pero en tonos azules: blues.

Quiero recordarte ahora castigando al cajón en una de tus euforias. Cómo lo hacías, embrujado tú también por el sur a dos horas de Lima, donde la seducción olor afro te secuestró para siempre. Tu alma nunca dejó ese lugar. Lo supe cuando vi en una cartulina color sepia tu rubicunda infancia de mataperro rural, fatigando los campos y viñedos con tu trote apacible, llegando todos los días tarde al colegio con la coartada de un asma a la que le sacaste más provecho que perjuicio.

Siempre el blues entre nosotros, ¿verdad?, como esa historia tuya que me contaste tres veces sin que se me ocurriera interrumpirte porque su magia emergía inédita cada vez que el entusiasmo te hacía dibujar esa extraña y velada sonrisa tuya, que te mostraba en toda tu vulnerabilidad. Un hombre mayor, auténtico y curtido bluesman, y una joven promesa de las cuerdas empezaron una contienda que terminó en un contrapunto diabólico al filo de la madrugada. Qué noches las tuyas, Carlos Zuleta.

Pero ese Sur tuyo también fue placer del paladar esas ocasiones que nos entregaste al imperio de la tuca, hallazgo clarividente de los negros de San Luis de Cañete. La primera vez tomamos vino durante horas mientras Roberto Quiroz —príncipe del Sur también, alma hedonista que ahora reconozco como mi par— sometía al amor cálido de la marmita las mejores vísceras de res que su noble oficio de veterinario le permitía conseguir: varios litros de vino y pisco vertió sobre la pancita, el choncholí, los testículos de res y huachalomo. ¿Cómo olvidar esas tardes? ¿Cómo no proponerme repetirlas ahora que ya no estás y va siendo hora de que dé por felizmente concluido el aprendizaje de tus lecciones?

Eras silencioso, al punto de que algunos confundían tu discreción con soberbia. Lo acepto, es verdad, pero mi episódica logorrea conseguía casi todas las veces hacer que te entregaras con pasión a la conversación, de modo que para mí siempre fuiste ese interlocutor con el que uno siente que está haciendo algo como jugar pinpón con leves y amables raquetazos que, más que ganar la partida, lo que buscan es prolongarla largamente hasta el próximo café luego de un “don Carlos, pasaba por aquí y…” cada vez que me asomaba por Larrabure y Unanue con República de Chile.

Ya se va haciendo tarde, tío querido, y solo queda una caricia de ron en mi petaca. ¿Qué te puedo decir? Solo una cosa más. No olvido aquella vez que me visitaste en el vórtice de mi simétrico caos. Había puesto como condición, en mi extravío, que solo a ti te recibiría. Y llegaste, me escuchaste, conociste también ese lado mío y sonreíste tristemente cuando te dije que quería ser como tú cuando sea grande, con todas las grandes preguntas resueltas. Replicaste algo, que no era así, que ya quisieras. Y bueno, entrado a la mediana edad, más de diez años después, entendí tu triste mohín. Tenías razón, es duro estar vivo, todo el tiempo, pero algunas noches tú y yo tendremos el blues, y también el ron.


Querido Chris

Adonde sea que hayas ido, tengo alguna idea acerca de qué se trata tu partida. Es casi imposible ser un escritor que pasados los cuarenta no haya dejado en el camino varios evadidos por mano propia y otros tantos sobrevivientes a un relumbrón de la verdad que ahora habitan el limbo de la abstinencia, los psicofármacos eficientes y la buena suerte de que su familia no los dejé desamparados.

Te confieso que me has enseñado algo de mí que no sabía. Hasta el día que te fuiste viví creyendo que podía entenderme muy bien con el acecho de la muerte (que alguien se extinguiera es algo que nunca me conmovió demasiado). Todo lo lejos que llegué fue un par de sollozos convulsos varias horas después de la partida de Josemári, transportado al otro lado por medio de un ritual preñado de luz y calor. De eso ya hacen ya dieciséis años.

Pero no, me sorprendió en algún momento la mañana derramando lágrimas por las plazas y calles de Jesús María tomado por tu recuerdo, amparado mi dolor tras las gafas oscuras que siguen siendo obligatorias en este otoño limeño que ha pasado a ser más bien un lento y caliente declive de nuestro bochornoso verano.

Aunque allí no se acababan las lecciones. Acostumbrado como estaba a asociar suicidio con insoportable dolor —por experiencia, aunque deba decir siempre que me lo han contado, tú sabes, estoy obligado a ser un profesional confiable para pagar las cuentas—, me quedé pasmado de no poder entender cómo partías después de una de esas maravillosas noches en las que dejabas la piel en el escenario. Sí, puedes decirme que debiera tenerme aprendido el “solo sé que nada sé” que me enseñaron en las lecciones de Filosofía I, pero vamos, nuestras madres se pasaron diciéndonos “no toques que te vas a quemar”, y ahí tenemos, varias lesiones pasajeras que, por mala suerte tuya —y mía también—, nunca aprendimos a evitar muy bien. Y ahí tuvimos, vivir pendiente de la farmacia más cercana para además vivir asediado por la imprecisa aritmética de los miligramos y la felonía de los efectos secundarios.

Tengo que confesarte otra cosa. Te he plagiado una frase de tu más hermoso disco como solista, pero no cualquiera, sino justo la que le da su nombre: Euphoria Morning, hermosa construcción nominal para justificar algunas mañanas en las que me puede dar por abandonar para siempre a mi familia y hogar o quemar quinientos libros de mi primera publicación también, una colección de cuentos que se propuso ser un tributo a esas noches que nos lastiman tanto. No te lo voy a contar a ti, que elegiste la noche para adelantar tu fecha de expiración.

Y esa mañana tuya, horas después en realidad de tu irreversible decisión —cosas de habitar siempre al otro lado de ti—, me desperté inusualmente temprano, avancé frotándome los ojos hasta estar en mi fría y luminosa sala para encontrar a una paloma cuculí posada en el baúl centenario donde tantas mañanas mi equipo de sonido entonó tus canciones. Rosa venía detrás de mí. Antes de que me dijera nada le aseguré que no podía ser su padre, que estábamos haciendo bien nuestro trabajo de permitirle vivir lo mejor que podamos mientras su enfermedad terminal no acaba de terminarse.

Chris, un último favor. No sigas muriendo, entra de una vez en la inmortalidad con paso sereno, que necesito seguir viviendo un poco más sin que me arrebate la desolación de tu ausencia. Yo te prometo dejar de creer en esa última y definitiva elección que me persigue hace años pero no me convence. Tu allá y yo aquí todavía tenemos algunas cosas que ofrecer aún, ¿verdad, Chris?


Eso era cumplir 45

De eso se trataba cumplir 45. Ver cómo le fue a una hermosa pandilla de heroinómanos escoceses veinte años después y llorar con uno que otro espasmo porque tú también tuviste veinte años menos cuando estrenaron la primera parte. Llorar también porque, en otra hermosa y dura película, el trompetista Chet Baker tuvo que elegir entre el arte y la vida, a pesar de que muchos no encuentren una contradicción entre esos extremos. Cumplir 45 fue también habitar la euforia necesaria para ver los distintos rostros de la verdad, solo para comprobar con algún desaliento que ahora corresponde trabajar para comunicarla, cosa menuda si eliges la literatura para hacerlo, pero, como dijo Cohen antes de irse, “nací así, no tuve elección”. En conclusión, resulta que de viejos nos volvemos llorones y que todos los que tienen la suerte de envejecer sin mucho estrépito se vuelven más sabios, cada cual a su manera y estilo. De eso se trataba finalmente sobrevivir.

También a mis 45 visité dos asilos, y fue peor de lo que esperaba, pero también mejor. Lo primero porque me vi sentado en uno de los sillones de la sala común dentro de treinta años si tengo suerte. Lo segundo porque a la hora de estar allí me dije que la vida también era eso, cuestión nomás de que me baje el ímpetu aún invicto de la cuarentena y alguien me deje morir en paz protegido del sol de enero y a resguardo de las ventiscas de agosto. Lo demás son fantasías. Pero dios sabe que lucho todos los días para ahorrarle ese final por lo menos a Rosa, mi bien.

Hubo un día también este año en que tuve los cojones para editar el libro de un viejo amigo que resultó ser un límpido testimonio de la lucidez que otorga la locura. Pero no fue fácil. Navegué por sus líneas flotantes sobre el Word de mi pantalla sin entenderlo nunca del todo, leyendo con cautela la primera vez, entregado al hallazgo de ritmos, correspondencias y secretas afinidades la segunda, cortando, reacomodando y eventualmente reescribiendo la última ocasión, antes de imprenta. Queda el intenso recuerdo de su lectura ya convertido en libro, un desliz autónomo de mi conciencia al que no se le pudo ocultar ya ningún secreto. Gracias, Chino, por el fuego, por aquellas songs of experience que quizá demasiado temprano tú y yo aprendimos a escuchar.

2016 fue además cuando, de vuelta después de treinta meses de buscar la llave para cincuenta millones de fábulas, encontré, recuperado algo de sosiego y un poco más de cordura, que Rosa seguía todavía a mi lado, tanto para quererme como para hacer el recuento de yerros y aciertos.

Esto de tener ordenada la vida por años tiene la ventaja de otorgar orden y sentido a algo que bien puede no poseerlo más allá de la conciencia, quizá la más compleja y artificial construcción de los sapiens, pero posee la desventaja de hacernos perder de vista que otros ciclos, con diferentes señales y distintos puntos cardinales, nos gobiernan. Tratemos de no ignorarlo, porque así veremos que las oportunidades de dar un golpe de timón que enmiende el rumbo pueden ocurrir una mañana pura de cualquier 8 de junio o quizá una tarde de luminosa belleza crepuscular a fines de octubre.

Ahora vienen los 46. Empezar este 10 de enero con tanto afecto recibido por esta vía solo puede ser una buena señal. Gracias, una vez más, por permitir que  lo crea.


A favor de buscar pareja en webs de citas

Nada es lo que fue, al tiempo que lo porvenir anida desde siempre en lo que somos. En los extremos de esa paradoja estamos obligados a habitar desde el inicio de todo, que me gusta ubicar en el momento en que bajamos del árbol; ese instante en el que ya se había empezado a derretir el hielo polar de un mundo rabiosamente tecnológico que con el correr de los miles de años por delante iba a llamarse Tierra, planeta Tierra.  Si ayuntarnos para reproducirnos (sí, para eso; todos los rituales del sexo y el erotismo empacados en lencería de Victoria’s Secret no son más que trucos de la naturaleza para perpetuarse) sigue siendo básicamente lo mismo, ¿por qué habrían de ser —en el fondo— distintos los modos de eso que llamamos amor?  Al amor cortés, invento de los poetas provenzales del siglo XI que hablaban occitano al sur de Francia, le bastaba con la intensa poesía del deseo y el sometimiento a la dueña (de donde viene nuestra “doña) para darse por logrado. No pedía más. Nada más distante del estribillo orogenital que enlaza al cangry con la chica candy mientras haya más gasolina. Sin embargo, el amor y el sexo son bastante más que esos extremos. Lo saben la explosión demográfica y la obstinada convivencia entre hombres y mujeres a despecho de la ostentación fálica del reggaetón.  Cuando alguien se propone buscar una pareja por la vía electrónica estamos ante la procura de los mismos fines por medios distintos, y eso ya no hay quién lo pare. No importa lo que creamos que perdimos, habremos ganado a cambio otras cosas, y más nos vale cogernos de eso para no caer en las trampas de la nostalgia del “las cosas ya no son como antes” o “jaranas, las de mi tiempo”.  Sin embargo, hay un proceso en marcha, inquietante a la par que subyugante: lo electrónico está convirtiéndose de simple medio en un fin en sí mismo; es decir, puede que esté cambiando la naturaleza de aquellos contenidos que creíamos seña exclusiva de nuestra identidad.  Serán entonces bienvenidos los tiempos del amor electrónico, que acabará por fuerza en el sexo, como ahora, como siempre, pero esa vía, la electrónica, es decir, su monitor, la fibra óptica y los bytes por segundo habrán creado una nueva forma de interrelacionamiento que quizá nos conduzca a otro modo de ser humanos, en el que multiplicaremos los contactos y las experiencias, aunque a cambio de distraer y diluir esa materia elusiva y dispersa que llamamos yo, que recuperaremos en la próxima piel a la que la música de clics que habla nuestra diestra nos conduzca. 

Publicado en Soho 09/16


Quién es Lionel Messi

Si Sócrates se hubiera encontrado con Lionel Messi seguramente le hubiera dicho algo como “si eres futbolista, dime, hermoso muchacho, ¿qué es el fútbol?”. Por cosas como esa dicen que lo mataron, y probablemente le hubiera caído pesado también a Messi. Sin embargo, más le valdría al buen Lío saberlo.   En rigor, seguramente para Sócrates, platónico él, era imperativo que Messi supiera que eso que él jugaba y llamaba fútbol, después de mil partidos, cientos de goles, decenas de campeonatos y muchísimos premios, correspondía a la idea de fútbol, es decir, el concepto de aquello en relación con lo cual un partido de fútbol es solo una concreción en particular de la idea perfecta, ideal, de fútbol.

De manera que los premios, reconocimientos y ditirambos deben ser algo secundario, adjetivo, ancilar, no sustantivo, accidental. Y si el problema de Messi era ser el mejor o uno de ellos, pues lo ha conseguido.

Cuando juegas al fútbol estás condenado, te guste o no, a ganar; y si no ganas con alguna frecuencia lo pagarás. Lo sabe Alianza Lima, a la que se le achacó no ganar durante 18 años así como ahora se le reprocha no hacerlo durante nueve. Lo sabe Argentina, en ese momento en que los periodistas deportivos se ponen metafísicos, cuando quieren cifrar la realidad en el fútbol —su propia idea platónica del fútbol, más bien—, y reclaman que hace más de veinte años la selección argentina no gana nada (hay Platón para todos los gustos, y así nos va, así va el mundo).

Y así un día te llega la muerte, ese final de la suma de los días que llamamos vida, que agotados sus propósitos cotidianos a la noche te conduce a tres caminos: entregarte al sueño como un simple animal feliz, justificar tu día solo porque te acercó un poco o mucho a tu meta o celebrar agradecido cada acto de inspiración y expiración de tus pulmones ante el espectáculo sobrecogedor que puede ser estar vivo, segundo a segundo.

 En la puerta del oráculo de Delfos decía “conócete a ti mismo”, expresión hasta hace poco mal entendida, en el sentido de que la sabiduría consistiría en saber quién eres, pero eso es algo que Lío conoce muy bien. Poner en un par de piernas débiles toda la esperanza personal, familiar y a la postre la de una nación y millones de fanáticos requiere saber quién eres y de lo que eres capaz.

En verdad, el conócete a ti mismo trata de otra cosa, del cuidado de ti mismo. Si una nación le reclama copas, si en cada partido debe demostrar por qué la mitad del mundo lo considera el mejor, si debe vivir obligado más a ser el mejor que a jugar fútbol, ser futbolista habrá dejado de ser aquello que lo define para convertirlo en una inútil deidad más de la sociedad donde los perdedores viven queriendo ser ganadores y los ganadores, cuando ya no encuentren más que ganar, se descubran tan insatisfechos como cuando empezaron. Eso es lo que está obligado a saber Lío ahora. Para eso deben servir los fracasos.

En resumidas cuentas, ser futbolista es ser jugador de un deporte llamado fútbol, ni más ni menos, y ni siquiera tienes que ser el mejor, solo debes jugar fútbol. Lo demás, con el perdón de ustedes, son pajas, y de las buenas.