lunes, 22 de junio de 2020

Josemári Recalde, corrector de estilo

Josemári y yo pertenecimos a una generación de escritores y estudiantes de literatura al mismo tiempo que empezaron su vida laboral como correctores en un diario, casi por la misma época; pero nuestros caminos se cruzaron y estrecharon para siempre cuando hubo de viajar a España por asuntos de estudios, algo breve me dijo, a lo mucho tres meses. Lo que me pidió fue que lo reemplazara en el diario en el que era corrector y le devolviera su trabajo cuando regresara. Ahora, a la distancia, valoro mucho más la confianza que en su momento no solo por su naturaleza intrínseca y agradecimiento a un ausente definitivo, sino porque mi paso por Síntesis, periódico económico, fue un tramo importante del camino en el que ahora me encuentro. Ya sabemos, vistas las cosas en retrospectiva se someten a otra luz, al parecer gobernadas por una forma de destino que quizá sea una fantasía, cuando todo acto presente lo concebimos como tributario del pasado. Todos somos profetas del pasado.

A tono con eso, mi experiencia en Síntesis no pudo ser más azarosa. Cuando nos despedimos, Josemári me dijo cuánto ganaba y me aseguró que pagaban a tiempo, algo que cambió para siempre apenas tomó su avión rumbo a Europa, pues en adelante solo pude ver cien soles semanales como sueldo por casi dos años porque el diario había entrado súbitamente en crisis. Digo esto cuando mi expectativa era ganar 1200 soles. No saquemos cuentas. ¿Para qué? Mejor hablar de todas las otras cosas valiosas que me dio ese trabajo por cuenta de Josemári, como ser tratado como cliente de confianza por la señora que preparaba unas viandas poderosas solo porque yo era su reemplazo temporal. Yo también me apliqué a la comida, pero nunca como Josemári, cuyo permanente ánimo sibarita y hedonista, además de su apetito voraz, lo hacía preferir exquisiteces como leche con Milo y tostadas untadas generosamente con mantequilla y mermelada.

Otra cosa que le debo a Josemári fue tener como jefe a Juan Campodónico, lujo de maestro a quien le debí primero mi destreza como corrector y posterior fortuna como editor. A don Juan le gustaba recordar a Josemári. Lo quería bien y con afecto. Me contó varias anécdotas con él, pero hay una que no olvido. Ocurre que Josemári solía llegar tarde, y eso porque él siempre fue el poeta Josemári Recalde, antes de Libro del sol y de los recitales donde paseo su identidad entrañable que el recuerdo vuelve todavía mejor; quiero decir, la suya fue vida de poeta. Sus justificaciones con don Juan eran algo tan insólito como decir que salió un rato de su cuarto y cuando regresó la puerta se había cerrado, y no tenía consigo la llave, y tuvo por eso que entrar por una pequeña ventana, todo lo cual demoró su llegada al trabajo. Pero la mejor fue cuando se apareció a las 5 y 45, cuando la entrada era a las 5 de la tarde, y le dijo a don Juan que hubiera llegado a tiempo, pero estuvo a las 5 cerca, entre Javier Prado y la Arequipa. Don Juan, furibundo, le dijo: “Pues trabaje en ese cruce mejor, y así llega tiempo”. El amante de los rituales elaborados que siempre fue Josemári soñó varias veces después en juntar a los camaradas de Síntesis, el Chaval, César Vallejo (así se llama, no es broma), Víctor Romaní, don Juan Campodónico y este servidor. “Solo correctores”, insistía Josemári con gremial inspiración.

Josemári no reclamó su puesto a su regreso. Me lo cedió generosamente, y si soy quien soy ahora es también por ese gesto. Lo mejor de todo es que adelante no dejaríamos de vernos, sobre todo porque se mudó a la buhardilla de dos pisos que fue de su abuela, “mi boudoir”,  decía con esa coquetería tan viril que fue uno de sus rasgos distintivos, como cuando le pregunté si había leído Paradiso, de Lezama Lima, y me dijo sonriendo con singular encanto “solo el capítulo 8”.

Dejé Síntesis, me pagaron lo que me debían con la edición de mi primer libro de cuentos (eso también te lo debo, Josemári), seguí corrigiendo y nuevamente un trabajo cruzó mi camino con el de Josemári. Ambos estuvimos en el bolo para ocupar la plaza, un trabajo muy bien pagado, gran experiencia formativa para mí que duró cinco años. Me quedé con el puesto; Josemári de alguna forma me lo cedió, pero a cambio fue él un habitué de mi casa, que llenó de alegría y eventos maravillosos con sus frecuentes visitas. Sé que Rosa, mi reciente esposa, toleró mejor aquellos días del profesional en formación que fui porque la austera vida que le podía ofrecer de artista en cierne tenía ese calor e intensidad definidas también por la presencia de alguien en muchos sentidos exuberante como Josemári.

Nunca olvidamos con Rosa la noche que Josemári nos pasó la voz desde la calle. Eran casi las once. Salí a mi ventana desde el cuarto piso, y lo primero que me llamó la atención fue que su cuerpo estaba encajado en un exquisito traje marrón que lo hacía lucir como un estilete. Le lancé la llave, subió, le dije que tenía poco dinero, Rosa nos dio unas monedas (siempre lo hacía), salimos y regresamos con una botella plástica de medio litro llena de llonque. Fue una amable noche en la intimidad de mi dormitorio, Rosa y yo sentados en la cabecera y Josemári conversando con calor desde un taburete al pie de la cama. El llonque hizo su trabajo, nos emocionamos de estar vivos y juntos, y de pronto Josemári se puso de pie y entonó unas canciones en portugués que aprendió a su paso por Lisboa.

Ese era Josemári.


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