miércoles, 15 de julio de 2020

Todos son días de Carnaval

Carnaval es una historia que transcurre en una ciudad que ya no existe, donde una inocente pandilla de muchachos —más bien un íntimo barrio— pasa sus días entregada a los rituales de una niñez que tuvo lugar en los años setenta; tiempos que no volverán, excepto para quienes se adentren en sus páginas.

Pero Carnaval trae otra narración dentro, que Matilde deshila con paciencia y añoranza para los chicos de la calle Del Coronel. El cuento es bueno, pero mayor es el interés de su auditorio por conocer más del dueño de la quinta, Rasvan Comaniescu, apellido venido del otro lado del mundo, quizá Transilvania, como su apellido y el nombre de su negocio, que así lo anuncia: Funeraria Dunarea. Entre el principio y el fin de esta velada historia de amor están los infantiles afanes por celebrar una inolvidable fiesta de carnaval.

En este, su tercer libro, Rosa Carrasco ejecuta nuevamente con pericia su prosa de ritmo ágil y acompasado, dibujando escena a escena, como si sus lectores fuéramos testigos oculares de lo que ocurre en una hermosa quinta donde solo basta ser niño y abrigar buenas intenciones para conocer ese esquivo bien llamado felicidad.

Antes, en Yaxes, nuestra autora derrochó exuberante imaginación para someter a su personaje —su álter ego Rosita— a una dura prueba que nos mantuvo a sus lectores en vilo; porque con el honor no se juega, menos con el de los niños. Queda también para el recuerdo el astuto Alonso, un sapo compasivo que habitaba “más allá del gran arbusto”, título con el que Yaxes fue premiado como obra ganadora de la II Bienal de Cuento Infantil ICPNA 2006. Desde entonces se han multiplicado varias veces sus reimpresiones. 

Después vino Goma de mascar, otra dura prueba para sus protagonistas, la talentosa Liza y Blanca, su fiel y protectora hermana. Descubrimos así que agazapadas en cada recodo del camino aguardan pruebas que deberemos sobrepasar para que tal aprendizaje ofrezca alguna garantía de que en adelante evitaremos el dolor y realizaremos lo mejor de nosotros mientras nos quede aliento. Pensar que todo puede empezar con mascar un chicle. Lo demás será azar, valentía y buena fortuna.

Son tres libros la obra publicada de Rosa Carrasco; muy distintos, pero conducidos con el mismo pulso diestro y montaje eficaz aprendido del cine, como en más de una ocasión ha revelado nuestra autora. Sin embargo, toda obra que se precie de serlo debe ofrecer algo más en la próxima entrega. Carnaval cumple con creces esa condición. Así, Rosita comprende que ser la mejor jugando yaxes la ha puesto en un lío —la pobre no sabe que la cosa recién empieza—; Liza y Blanca están metidas en menudo asunto solo por buscar el placer sin escalas en el azúcar de las golosinas; entretanto, los trabajos y los días de los chicos de la calle Del Coronel los conducirán a tiempos tan lejanos que es como si nunca hubieran sucedido, tan remotos como el carnaval de 1939; pero ahí estuvo Matilde para conducirlos en el hermoso alumbramiento de su sensibilidad.

Un detalle no menor de Carnaval es la comida, aunque sería mejor decir gastronomía. La pequeña Orietta —personaje señero de esta adorable ficción tan cercana a lo real— es quien tuvo la secreta intuición de que el corazón de Rasvan Comaniescu tenía que ser asaltado por el estómago. Nada más prosaico. No lo es. Lo sabe Rosa Carrasco, que ha añadido un luminoso planeta a su obra, ya galaxia, pero amenaza ser constelación. Solo es cuestión de que la leamos.


martes, 23 de junio de 2020

Más allá de los manuales de estilo

Me gusta decir que soy, sobre todo, escritor. Pero al margen de lo que me guste o no, soy editor muchas más horas de lejos que escritor; de eso vivo. Además y sin embargo, también soy profesor, hijo y sobrino de profesores, y yerno de legendarios maestros. Hasta que llegó un día, como hoy por ejemplo, en que prescindimos, obligados por las circunstancias, de atributos hasta hoy fundamentales de los actos de enseñar y aprender. A ese tren he de subirme, más de ganas que de fue
rza, por cierto, invitado por la American Translators Association, ATA. Serán sesenta minutos para conversar sobre los manuales de estilo, algo que puede parecer excesivo, pues ocurre que compramos un manual para que nos enseñe -de una forma necesariamente sencilla y por definición autodidacta- a hacer ciertas cosas con el lenguaje escrito. Por eso mi participación en los ATA Webinar Series se llamará Beyond Manuals of Style, pero en buen español, desde luego. Ustedes y yo estamos más que bienvenidos.
https://ataspd.org/…/ata-webinar-series-beyond-manuals-of-…/

lunes, 22 de junio de 2020

Un hombre correcto

Se ha oído decir que para muchos oficios hay que nacer, entre otros, para futbolista, artista y genio. No es el caso del corrector, ocupación a la que uno va llegando como sucede con muchas cosas en la vida, aquellas situaciones a las que arribamos en virtud de una en aparente caótica acumulación de actos que hemos dado en llamar destino. En mi caso, como para muchos, ingresar al humilde gremio de los correctores tuvo como antecedentes una mediocre carrera universitaria en Letras, interrupciones esporádicas de los estudios por problemas económicos y propinas mezquinas que, a larga, me impulsaron a trabajar en aquello que podía realizar sin que me exigieran extensos pergaminos ni altas calificaciones. Bastaba con tildar las palabras cuando fuera necesario y poseer la intuición clara y suficiente para darle a la sucesión de oraciones pausa que no perjudicara el sentido y, si talento había, lo mejorase. 
Después de pasar por mi primer trabajo de corrector, sin pena ni gloria, fui echado a calle a la primera reducción de personal. De allí aprendí una primera lección: nadie es imprescindible, menos un corrector. Mi siguiente empleo me deparó un magro sueldo, pero, en compensación, un singular aprendizaje. Ser pupilo de don Juan, mi jefe, constituyó una considerable inyección de estima para alguien que pronto había aprendido que el corrector viviría siempre a la sombra del redactor. Entonces, me sentía como el modesto cajero de un opulento banco que se pasa la vida contando dinero ajeno. Un censor de la creatividad que se ufana de descubrir un error en un texto que es incapaz de elaborar. Con don Juan todo cambió. Erigido en fiscal insobornable, estallaba en iras descomunales en medio de la sala de redacción, blandiendo la prueba infestada de rojas correcciones y preguntando quién era el animal responsable de tamaño desconcierto. Los redactores tenían que ir con cuidado con él, a la hora de escribir y también de topárselo. Una tarde, mientras le sacaba el cuerpo a una pulla alusiva a su edad –más de sesenta–, dijo que él era como la uva, que de madura prodigaba buen vino y luego, magra y rugosa, pasa ya, endulzaba los paladares. La redactora más torpe, pero de formas generosas, le preguntó qué fruta podía ser ella. «Mango», dijo, incorruptible, sereno, y con media vuelta desapareció.

Gremio modesto
El gremio de los correctores es, por definición, modesto. Somos seres opacos, que no reflejan la luz ni la dejan pasar. Compartimos todos los vicios de los periodistas, mas no sus virtudes. Lejos de nosotros la creatividad y el desparpajo, el pase libre a los más diversos eventos, un dejo de superioridad al enfrentarse a la autoridad, con la mano pronta para esgrimir el carnet del colegio. Muy cerca el bienestar de las cantinas, la adicción al tabaco, el horario irregular, la comida al paso y las úlceras. Quizá por el sueldo escaso, solemos ir vestidos con austeridad, cuando no mal gusto. Un puesto que me dio sólo disgustos por un par de años me hizo compañero vespertino del Chaval, corrector limpio pero plano. Nunca le conocí más camisa que una celeste y un pantalón de un azul desvaído, brillante, ajustado a la breve cintura con pretinas sujetas a botones, y los bolsillos de corte horizontal. Una gorra con visera, azul también, siempre nos hizo estar todavía más lejos de sus pensamientos, de descubrir quizá, mirando su desnudo cráneo, si había algo capaz de emocionarlo.

El corrector pretencioso
Pero a despecho de una condición subalterna, de última rueda, digamos, uno de los pocos lugares de una redacción que da cabida a la literatura es el departamento de corrección. Allí reposan los lectores compulsivos, los narradores aguantados y los poetas de servilleta, después de las cervezas suficientes para hacer creer que ya escribiremos cuando tengamos tiempo, que en vano no se nos ocurren ingeniosos cuentos y hasta, cómo no, novelas totales. Y aun cuando, en los días malos, con puteada del editor incluida, se llega a creer que seremos correctores toda la vida, surgen las figuras salvadoras de un Ernesto Cardenal, corrector durante años del Fondo de Cultura Económica, o el buen Saramago, que viejo recién degustó las mieles de la fama y el reconocimiento.
La literatura se convierte en el último reducto para no sentirse menos, para evitar que la subestima prospere, la única posibilidad para ubicarse en el polo opuesto al del corrector cumplidor, pobre y taciturno, sin percatarnos de que derivamos al incierto terreno de las promesas y las pretensiones, lejos del piso, donde las ropas modestas y el menú de tres soles puedan convertirse en penurias de artista sensible e incomprendido.

Justos por pecadores
Todo trabajo trae consigo responsabilidades, aunque ninguno como el correcteril quehacer. El corrector es el arquero de las redacciones. Todos pueden equivocarse, menos él. El delantero puede fallar un gol, el defensa errar un pase; pero el corrector es el único culpable de que en un malhadado instante el redactor piense en los huevos del toro y el editor se afane con demasiado ahínco en buscar un titular propicio en desmedro de un desliz en el texto.  
Una palabra mal escrita, una tilde ausente o la coma traicionera que cambia gato por liebre le son toleradas a este mártir de la escritura con un gesto de desagrado y apenas condescendiente. Menos en un titular. Antes del nuevo evangelio de la eficiencia y la calidad total costaba una suspensión; hoy, casi siempre, el puesto.
Con la errata pendiente sobre su testa, este obrero sigiloso e incomprendido, además de sortear las trampas que tienden la desconcentración, la duda y el apuro, tiene enemigos formidables que, sin quererlo, lo destruyen: los diagramadores. Todavía recuerdo la ruda llamada de atención que emparé porque en el artículo editorial que procuro olvidar, el diagramador de turno cambió una palabra por otra en su titular, sencillamente porque la tipeó nuevamente sin avisarme. En pos de forma –y no del contenido–, la composición y el color –y no del sentido–, le prestó nula importancia a esos escasos veintinueve signos que, combinados entre sí, no pueden ser más que opaca uniformidad en sus aspiraciones de plástico gráfico, y que olvidó considerar como origen de mi sustento.

Sin embargo, hay días en que es posible llegar temprano a casa, leer más que de costumbre y, si el ánimo lo permite, reiniciar el relato que esperamos sea genial, y acostarse pensando que corregir no es tan malo, que quizá mañana ayudemos al redactor a redondear su nota con el adjetivo iluminador o el sinónimo que evite una reiteración penosa; que el editor no se percate de un error que pudo ser fatal y tú se lo hagas saber y te palmotee en la espalda aliviado, agradecido y diciendo «bien, muchacho».


Un asunto de familia

Un amigo me contaba de un compañero suyo que se presentaba en Estados Unidos como “Shoemaker”. Sonoro apellido, elegido para mimetizarse en el medio anglosajón, pero también comprometió algo más que la eufonía para involucrar la semántica. Ocurre que el buen amigo, peruano para más señas, respondía al apellido de “Zapatero” (y a propósito de zapateros, los amantes del fútbol de mi edad pudimos admirar a uno de los mejores arqueros alemanes, Tony Schumacher, apellido al que solo le falta una “h” para significar zapatero; en buen teutón, “schuhmacher”).

            Este paralelo entre el inglés y el alemán, por ejemplo, llamado similitud léxica, es muy frecuente. Basta que un hablante que conozca medianamente el inglés y algo de alemán para dar con la fuente común de la que se han nutrido. Y lo mismo entre el inglés y el español, aunque no siempre por las mismas razones. Es decir, si “estrella” es en inglés star obedece a que su étimo está en el indoeuropeo (una remota y varias veces milenaria lengua de donde han bebido el latín y las lenguas románicas, así como el germánico, entre otras más). Sin embargo, “atención”, “frecuente” y “extremo” corresponden a attention, frequent y extreme; esto debido a su étimo latino, respectivamente: attendere, frequens y extremus.

            Mientras tanto, aquí en América Latina, los vínculos entre las variedades habladas en el continente han creado un complejo mercado de intercambios que son más interesantes porque se dan dentro de los límites de una misma lengua, el español. En el caso del hablado en México, por ejemplo, “pendejo” quiere decir algo opuesto a como lo entendemos en Perú: “tonto y estúpido” en el norte y “astuto y taimado” entre nosotros. Del mismo modo que con la expresión “pesado”, aburrido e inaguantable para nosotros, así como excelente y buenísimo entre los colombianos. Pero volviendo a México, ocurre algo llamativo con su elección del verbo “coger” como sinónimo de consumar el acto sexual, que en español del Perú no tiene esa connotación, cuyo exacto correspondiente es, sea vulgarmente dicho, “cachar”, usado sin embargo por los mexicanos para “coger” como lo entendemos nosotros, es decir, “tomar” o “atrapar”. Puede que esto se deba a la cercanía del to catch en el vecino del norte. No sé; es solo una idea.

            Como fuere, lo que estos casos dejan claro es que la vida de las lenguas es una larga y compleja historia de tránsitos de ida y vuelta que hacen a unos hablantes inesperados parientes de otros —lo que nos convierte siempre en padres, hijos, primos o hermanos de alguien—, en lo que constituye una abigarrada red de relaciones que atrapa asuntos tan diversos como la fonología, semántica, sintaxis o morfología. Un caso extremo sucede con el espanglish, que toma rain para crear “rainear” o map para mejor decir “mapear” en lugar de “trapear”; en buena cuenta, es la estrategia conocida por cualquier lengua de hacer de un sustantivo un verbo.

            Todo esto quiere decir por lo menos dos cosas: primero, no hay algo así como lengua pura (o castiza como a algunos les gusta decir); y segundo, cualquier fusión o división para volverse a fundir obedece a reglas, sin importar lo extravagante, espurio o bastardo que nos pueda parecer el resultado. No importa lo superior que se sienta el hablante a causa de su cuidada dicción y compleja expresión, todos los que emplean el lenguaje lo hacen y lo siguen haciendo de tal modo porque es funcional a sus intenciones comunicativas. Recordemos si no el lugar de donde viene nuestra lengua, España, por todo donde a lo largo de los siglos todo mundo dejó su simiente (junto con sus palabras), entre ellos los árabes, cuyos sonidos seguimos pronunciando en la Lima de hoy sin que nos tiemble la voz, sea el alcohol que no hay que beber en exceso, nuestro ojalá para rogar que algo suceda (de “oh, Alá”), el jarabe que nos calma la tos o el alambique donde se destila el peruanísimo pisco.

            Finalmente, entre muchos otros aspectos, la lengua es un asunto de familia, y como tal se somete a determinadas “estructuras elementales del parentesco”, tal cual se llamó el fundamental libro del antropólogo francés Claude Levy-Strauss, que introdujo así el estructuralismo en las ciencias sociales. Pero la idea de explicar la realidad social por medio del concepto de estructura tiene su origen en el padre de la lingüística, Ferdinand de Saussure, quien entendió la lengua como un sistema —palabra que prefirió en lugar de estructura, que nunca usó—. Cuentan que fue luego de una provechosa conversación con Roman Jakobson que Levi-Strauss unió la lingüística con la antropología para dar inicio al estructuralismo como sistema de pensamiento en otros ámbitos. Como lo dijo el filósofo Heráclito de Éfeso hace 2500 años, llamado el Oscuro: panta rei, todo fluye.


Necesarias arbitrariedades

Hay un momento en la historia que tenemos en común con nuestra lengua, cuando niños, en el que no encontramos razón para que la mesa se llame “mesa” y el caballo, pues “caballo”. Y luego pasamos a otra cosa. Así es la infancia, maravillosa e imprevisible para quienes somos sus protagonistas.

            Cuando Ferdinand de Saussure sentó las bases del estudio de la lingüística lo hizo con tal fortuna que en adelante aquella fue el marco para posteriores desarrollos en otras disciplinas; esfuerzos que tienen en común entrar en el rótulo de “estructuralismo” (si bien es cierto que Saussure, más que de estructura, habló de “sistema”). De hecho, cuenta la leyenda que el antropólogo Claude Levi-Strauss alumbró su Estructuras elementales del parentesco luego de tomarse un café en Nueva York con Roman Jakobson, nombre capital en la lingüística posterior a Saussure.

            Sin embargo, como ocurre con todo acto fundacional, el Curso de lingüística general de Saussure experimentó ajustes, correcciones y desarrollos entre sus seguidores. Uno de los más notorios es el que se refiere a la pretendida arbitrariedad del signo lingüístico; es decir, que no hay razón alguna más allá de nuestro libre arbitrio para llamar “caballo” al caballo, que no hay ningún motivo más allá de nuestra libre elección para llamar “rosa” a la rosa, acto nominativo que la novela de Umberto Eco El nombre de la rosa convirtió en una imaginativa exploración acerca de la relación entre las cosas y sus nombres.

            Hasta aquí todo bien. Pero no. Nunca es tan fácil. Y esto tiene que ver con la etimología. Quiero decir, bien vista, la arbitrariedad del signo lingüístico solo es tal cuando su nacimiento se pierde en la noche de los tiempos, un momento del que nadie tiene noticia. Luego de eso, todas las palabras echan a andar, las recibimos, las usamos y las legamos a los que vendrán. En esto no hay nada de arbitrario. Por eso Emile Benveniste hizo un ajuste para proponer que la relación dentro del signo lingüístico

entre significante y significado —entre su materia fónica y aquel concepto al que refiere— era necesaria. Por cierto que cualquier significado puede adherirse al significante que le plazca, pero, una vez consolidada, la unión deja de ser arbitraria para tornarse un vínculo vivo y dinámico cuya andadura por el tiempo es materia de la etimología.

            Dedicada a establecer el “origen de las palabras, razón de su existencia, de su significación y de su forma”, habitualmente la etimología ocasiona en el hablante que se entera del origen e historia de una expresión una sorpresa basada en el hecho de reconocer que aquella etiqueta adherida a cierto significado que solemos llamar palabras no era para nada arbitraria, sino que respondía a la demorada historia de la lengua de la cual solemos ser inconscientes y bienintencionados usuarios.

            En un hecho tan cotidiano como ir a comer a un restaurante, los comensales acostumbran ignorar que van, más que para satisfacer su paladar, a pedir un plato sobre todo “restaurante”, que los restaure de sus idas y venidas por el ancho mundo.

            Lo mismo con la pasión. Quién no se entrega con el pecho expuesto a una, sea la amorosa, futbolera o la alentada por nuestra más íntima vocación profesional. Pero solemos ignorar que “pasión” es el sustantivo del verbo “padecer”. Por eso no hay que atender demasiado a esos hinchas futboleros que solo exigen victorias a sus equipos. Son víctimas de un espejismo. Tal demanda es algo tan necio como creer que lo que busca un ludópata cuando va a al casino es ganar. No, el adicto a los juegos de azar quiere perder la camisa, ganar dos y volverlas a perder, todo en la misma noche. De eso se trata apostar,  vivir todo lo intenso que se pueda montado en la rueda de la fortuna. Por eso también el amor es pasión, ese ir y venir entre la combustión interna y el objeto del deseo. Sin embargo, el amor pasión también termina, y cuando ya no nos hace padecer es porque se ha tornado rutina, tedio y reiteración.

            La etimología es así una vía de encuentro de esa materia viva, sutil y aérea que escapa de nuestros labios —compuesta de vocales y consonantes hechas de fricciones, oclusiones, entonaciones, aspiraciones e inspiraciones— con una larga historia que relaciona, por ejemplo, a los algoritmos que ya gobiernan nuestras vidas con un remoto matemático persa conocido como Al Juarismi, responsable de que llamemos a los números escritos con la nomenclatura arábiga guarismos.

Entre los aullidos de la remota manada de donde provenimos y las más extremas prestidigitaciones de la poesía, pasando por el clan hasta terminar en la familia, hay un dilatado recorrido del lenguaje que alguna vez imaginamos arbitrario para descubrir después que solo somos constantes y disciplinados hacedores de etimologías.


Lo que pueda hacer

Hay mañanas de luz que te hacen comprender la labor del director de fotografía en las películas; demorados amaneceres como el de hoy. Me propuse entonces escribir un cuento sobre una mañana así, no sé si de primavera o verano, pero decididamente solar y sabatina. Mi personaje sería joven y ladearía la cabeza de pie ante su ventana, temprano —cosa inusual en él—, para recibir el sol oblicuamente sobre la mejilla derecha y conducir  su calor dentro sí por su pabellón auditivo. A todo esto, antes de bañarse de luz en el alto piso de su departamento, habrá puesto en su tocacintas una canción, “Hey Hey What Can I Do”, de Led Zeppelin, y el hermoso y cínico blues llenará de sentido durar un día más sobre la tierra.

Esa mañana, la del cuento, tendría que ser por fuerza especial en su expectante cotidianidad. Eso el personaje lo sabrá desde que elija la ropa para ofrecer a los elementos su cuerpo sano y fortalecido por la salud y la oportunidad del tiempo (la suerte de ser nutrido de lo necesario a la hora; gracias, mamá). Quizá vista un jean y un bividí azules y camine con el compás de sus años mozos. Nadie necesita una pomposa finalidad para ser joven y feliz, solo poseer la salud mental para poder estar (lo sabemos bien los que la perdemos de vez en cuando). Su discreta causa final para salir de casa será fumar un cigarrito chino con un amigo que lo está esperando.

Después tiene ocurrir cualquier cosa. El relato no fue pensado para ofrecer un evento extraordinario. Su valor tendrá que ser sencillo y genuino —me propuse—, sin vocación de sorpresa ni alardes de prestidigitación; una celebración del instantáneo acto de ser tan simple como se pueda imaginar; la conciencia al servicio de un razonado y sensato hedonismo.

Mientras tanto, he salido a comprar lo necesario para el desayuno. Fueren el sol o mi modesta pulsión literaria, no estoy acojonado, como acostumbro, durante los primeros minutos del día. Es una cobardía inútil que he aprendido a remontar con una serie de trucos que no acostumbran fallar; pero si sucede, digo, si acaso un ánimo funesto se prolonga más allá de las once, estrecho mi mentón con una determinación sin orientación cierta y realizo cualquier tarea doméstica que me opaque el pensamiento y al mismo tiempo contribuya al orden y limpieza de mi casa. Por ejemplo, si barres a conciencia y trapeas las zonas críticas habrás ganado el placer de caminar descalzo; si echas detergente y lejía al baño, cuando entres porque la necesidad te llame serás ganado por el denso olor  que buscamos hace miles de años sin saberlo, ahora en el punto más alto de la asepsia y  desodorización químico-desinfectante.

Todavía no has dicho que no fue solo la luz de febrero la que te indujo a escribir el cuento. El propósito se cuajó cuando, a velocidad menor a la del segundo (siempre es así, pero debemos ralentizar la rapidez de nuestro pensamiento y emociones para creer que entendemos su casi material discurrir), le pusiste la canción de Zeppelin a esas ondas o partículas —todavía la ciencia no está segura— que te devolvieron a la ameba que un lejano día fuiste, a la hoja verde preñada de fotosíntesis, al ave de vuelo propiciado por las cálidas corrientes de aire ascendentes.

Conozco bien a mi personaje. De hecho, solía ser yo en mi primera juventud. Todavía no sé qué le pasará; pero, lo reitero, no tiene que ser la gran cosa, solo el éxtasis de elevarse una mañana cualquiera sobre el suelo como un tallo flexible y bien dispuesto, favorecido por los vientos y acariciado por el sol de aquellos tiempos, cuando los taxistas no protegían su brazo izquierdo con ceñidas mangas de colores que los hacen parecer tatuados.

Cuando termine el cuento, lo pondré a buen recaudo y a la mano de mi recuerdo. Quizá me sea útil esa mañana de invierno que ya veo venir, seguramente con miedo también —así es esto—, yendo a comprar el pan ciabatta y las naranjas que tanto le gustan a Rosa. Puede incluso que el universo sea bueno conmigo y su lectura me haga doblemente feliz, por lo escrito y por la evocación de los instantes en que lo concebí. Ojalá que sea eso lo que por lo menos pueda hacer.


Smoke (o el desaparecido arte de fumar)

Barrios hay muchos. Se puede ser un hombre con esquina tanto en el cruce de dos calles como en un parque o quizá una tienda. En la película Smoke, ocurre que hay una tienda en una esquina frecuentada por quienes han convertido el acto de fumar en un modo más de estar vivos. La tabaquería de Auggie Wren es su barrio. Allí  discuten de política, béisbol, negocios o de la vida de los otros. Un escritor que acude frecuentemente por su dosis de nicotina es también un buen candidato para hablar de él, más si está regresando de lado más agudo del sufrimiento.

Casi todos los personajes de Smoke, además de respirar, padecer y hacer, fuman para acompañar sus más diversos momentos, entre otros, aquellos en que se hacen humanos y se encuentran a sí mismos por la vía del dolor. Quienes hayan prendido un cigarrillo luego de sufrir una situación límite lo saben.

La película también es una aproximación a las aristas más afiladas de la paternidad, aquellas que nunca tuvieron su momento Kodak. Sin embargo, más nos vale aceptar que todos provenimos de una mujer o un hombre que por defecto o exceso nos hicieron quienes somos. Es algo que deberemos hacer si queremos convertirnos algún día en nosotros mismos.

Smoke es además una inteligente y sutil exploración acerca del azar como fuerza conductora y ordenadora de nuestras vidas. Asociado comúnmente a la buena o mala fortuna, a la lotería o a ser víctima de una desgracia, eso que llamamos suerte en realidad es más influyente y decisivo de lo que estaríamos dispuestos a creer. Todo aquello que no dependa de nuestra voluntad ni de la de los otros es un abismal espacio ocupado por nuestras rutinas, las leyes de los numerosos sistemas que nos gobiernan y el imperio del azar.

Y es finalmente de la voluntad de lo que trata Smoke, de todo aquello que ocurre por que nosotros hacemos que suceda. Eso no es una novedad. Si vemos una película es porque esperamos que pasen cosas para que emerja el milagro del sentido de la experiencia humana. Pero si además asistimos a los dramas de personas que solo pueden completar sus vidas junto a las de los otros y están dispuestos a hacer algo por ellos a un precio razonable, tendremos buenos motivos para ver Smoke, seguir yendo al cine y continuar con nuestros asuntos.

Así un buen día Rosa Rosa, Juan Pablo y yo decidimos crear algo llamado “Arjé” vinculado a varios proyectos, uno de ellos Arjé CineClub. Fuimos y vinimos, coordinamos, avanzamos y retrocedimos, hasta que Caro Lina, nuestra hermosa Popina, antes mi alumna y ahora fiel compinche de Rosa, además de intensa cinéfila, dio el puntillazo final al proyecto que terminó por estar maduro. Fue así que vi y comenté Smoke; fue de esa manera que empezó un proyecto entregado a la pasión de ver cine acompañado y darse el gusto de comentar al final ese artefacto narrativo que nos emocionó y convenció de que si nos lo proponemos haremos algo valioso con nuestro tiempo sobre la Tierra.

Recuerdo que cuando Julio Ramón Ribeyro publicó su relato “Solo para fumadores” coincidí con todos los que lo disfrutamos en que si tenías algún vicio antes de leerlo muy probablemente persistirías en él. A estas alturas, Smoke no conseguirá lo mismo, pero nos hará saber que los primeros americanos un día hicimos un canuto con unas hojas y lo prendimos, primero para aderezar un ritual, después simplemente por adicción, pero en medio, en algún momento, estuvo el desaparecido y complejo arte de fumar.